La ética de la tolerancia

Una sociedad que cultiva la tolerancia es una que permite el desarrollo máximo de sus individuos, pues al no imponer ideología, dogma o creencia entonces, en teoría permite que cada quien a lo largo de su vida, utilizando del mejor modo su criterio y sus facultades llegue al entendimiento de que es aquello que le parece correcto para creer.
Sin embargo, existe un dilema relacionado con la tolerancia; ¿Dónde está la línea que separa aquellas cosas que debemos tolerar de aquellas que no? Esta pregunta puede parecer fuera de lugar, pues parece que entra en conflicto con la idea central de la tolerancia; aceptar las creencias del otro. Pero entonces, si el otro decide creer algo que es irracional; o sus creencias son perjudiciales para algún grupo de la sociedad; ¿Aún debemos tolerar aquello que cree?
Esta pregunta puede responderse desde la óptica de la racionalidad como el lente para evaluar las creencias. En este sentido, Villoro nos aconseja que para considerar que algo pueda ser aceptable como un saber, debe atravesar un proceso de justificación. Este proceso de justificación debe contener una serie de razones, que sean suficientes para explicar aquello que estamos afirmando, y que a la vez estén al alcance de otros, de modo que puedan comprobar nuestra afirmación.
De este modo, podemos concluir que una creencia, para ser válida, debe estar fundamentada en un razonamiento aceptable y alcanzable por todos. Ciertamente podemos argüir que los seres humanos no somos completamente racionales, y que sería imposible tratar escépticamente todos los razonamientos que se hacen; pero esto no es suficiente para disuadirnos de buscar procesos lógicos en nuestros conocimientos compartidos, ya que el pensamiento crítico es la marca de las mentes educadas.
Establecido esto podemos resolver el dilema planteado. En un primer lugar, las creencias que son perjudiciales para tales o cuales personas están fuera de las cosas que debemos tolerar, puesto que como vivir en sociedades democráticas fundamentadas en la igualdad del individuo estas creencias son producto de un razonamiento falso. Como se oponen a la regla fundamental de la igualdad de las personas sin ofrecer una razón que sea válida entonces parten de una premisa falsa, por lo que su conclusión es en términos lógicos igualmente falsa, puesto que aquello que parte de algo falso tan solo puede ser falso.
En el sentido de las creencias irracionales sucede algo parecido. Dado que un requisito para que un conocimiento pueda ser aceptable, y por tanto tolerable, es la validez de su razonamiento, si algo presenta una afirmación incapaz de presentar evidencia y razones suficientes para sustentarse, entonces no debe ser aceptada, puesto que aquello que sin evidencia se afirma, sin evidencia se refuta.
Sin embargo, aún queda un último problema que plantea la práctica de la ética de la tolerancia. Ciertamente habrá individuos que a pesar de escuchar planteamientos razonables, decidan cerrarse y no aceptarlos, y no habrá mucho que hacer más que resignarse sobre convencer a ese individuo. Pero aún así estamos obligados a desafiar estos planteamientos si buscan instalarse como parte del conocimiento socialmente aceptado, de modo que habremos de exigir razones y evidencias suficientes para que cualquiera lo pueda comprobar.
¡Razón y emoción para todos!
Zatara. 

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