Cincinnatus o la ética del servicio público
No culpes al Cesar, culpa al pueblo romano que se
regocija de perder su libertad, y vitorea al dictador que habla en el foro de
más seguridad, más comodidad, a la expensa de nuestra sumisión. Marco Tulio
Ciceron.
Durante el nacimiento de la República, Roma se
encontró con que tribus bárbaras estaban decididas a saquear las pertenencias
romanas. El senado pronto se dio cuenta que los Sabinos y los Aquinos marchaban
hacia Roma desde diferentes direcciones, rodeando prácticamente el territorio
republicano.
El senado decidió que si estaban por enfrentarse a
su fin, no lo harían de brazos cruzados, y reclutaron dos ejércitos para
rechazar las amenazas, uno en el frente Sabino, otro en el frente Aquino. Este
esfuerzo fue sin embargo fútil, pues la descoordinación tanto militar como
política hacia imposible una defensa coherente contra los enemigos.
A pesar de la peligrosa situación, los senadores
sabían que tenían aún una oportunidad de salvar Roma. La ley romana permitía el
nombramiento de un Dictador en tiempos de crisis extrema; un puesto que
controlaba de manera absoluta e incuestionada todas las facetas militares y
administrativas de Roma. Para defender su la libertad, los romanos aceptaban
perderla.
Fue en esa situación que los senadores visitaron a
Lucius Quinctus Cincinnatus en su granja. El hombre había servido como Cónsul
de la República años atrás, para después retirarse a trabajar sus tierras. Por
su experiencia y prolijidad, él era el único capaz de liderar la defensa
victoriosa de Roma frente a sus agresores.
Cincinnatus escucho en silencio, y volteo a su hogar
donde se encontraba su mujer. El estaba seguro que si dejaba su granja, existía
la posibilidad de que su familia muriera de hambre, pues nadie labraría el
campo que los alimentaba. Pero también estaba seguro que la república estaba en
peligro, y que era su deber proteger a su pueblo, de modo que dejo su hogar con
el corazón en la mano y partió hacia la ciudad.
Una vez instalado, mando cerrar todos los negocios
romanos, alisto a todos los hombres capaces de cargar lanzas y espadas en un
ejército de reserva, y ordeno al resto de la población preparar suministros
para alimentar a este ejército.
Con las reservas marcho hacia donde se encontraban
los Aquinos, y gracias a su pericia militar logro derrotarlos en una batalla
decisiva, tras lo cual se reagruparon con el ejercito que luchaba con los
Sabinos, para demostrar la superioridad militar de la República.
Cincinnatus, una vez victorioso volvió a Roma, donde
fue recibido como un héroe. Las calles se llenaron de júbilo, los artistas
componían poemas y canciones de gloria y los ciudadanos estallaron de alegría,
pues el Dictador había logrado salvar a Roma de la gran amenaza que prometía
destruir sus vidas tales como la conocían.
Y fue así, entre jubilo y victoria que Cincinnatus
anuncio su renuncia. Su deber con la República había terminado, y por tanto lo
único que deseaba era volver a su granja. No el poder absoluto, las riquezas
inconmensurables y el mando sobre una ciudad que lo aclamaba como el héroe más
grande jamás conocido; sino volver con su mujer a sus plantaciones y cosechar
su trabajo.
Por 16 días Cincinnatus fue el poder absoluto, para decidir
entregarlo una vez que la emergencia termino, convirtiéndose así en el epítome
del honor y el deber. Los poderes que se nos asignan, los puestos que nos son
encomendados, únicamente nos pertenecen en tanto los ejerzamos con
responsabilidad frente al grupo que ha depositado su confianza en nosotros.
El ideal del deber, y el servicio con honor implican
jamás olvidar que los privilegios del poder, la voz y el mando que se tienen son
deudas, pues fueron otorgados por la gente que elige los de arriba.
Zatara
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